miércoles, 6 de noviembre de 2013

El territorio de los cuentos

Para cuando había contado treinta, Edie empezó a preocuparse. No se trataba de una preocupación por algo concreto, pero dado que las estatuas habían empezado a desprenderse de los edificios y a perseguirla, y dado que un monstruo metálico había tratado de aplastarle la cabeza con dos rejillas, consideró que tenía razones suficientes para preocuparse. En realidad, más que preocupación lo que sentía era un hueco, una ausencia repentina. Una vez tuvo un dolor de oído y fur horroroso, y casi insoportable. Su madre le leyó un cuento y después otro. Al cabo de un rato se olvidó del dolor, pero todos los cuentos tienen final y los que le leía su madre no eran la excepción. Cuando llegó al final del último, el mundo real regresó y el dolor, también. Y ahora sentía exactamente lo mismo que había sentido en el intervalo de tiempo que transcurrió entre el instante que se dio cuenta de que el cuento que había conseguido que se olvidase del dolor había acabado y el momento en que tuvo la certeza de que ese dolor regresaría con más intensidad.

FLETCHER, Charlie: Corazón de piedra, Barcelona, Ediciones B, 2008, pp. 261-262.

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