EMPIEZAS CON LA MAGIA, ERES SU EXTREMA OPERACIÓN NOCTURNA
El país de la palma de tu mano,
cómo acosé sus ríos y me perdí en sus medanos
en busca de la fuente del mercurio más rojo
que convocara con su antiguo gongo
allá arriba la luna de tus labios, la sonrisa naciente.
Peloponeso de marfil y bronce
el diminuto mapa de tu mano,
poza para estos labios que persiguen
cada línea de tiempo.
Huelo esa arena, escucho sus chacales,
hay amarres y hogueras en tu mano,
hay trampas, solitarios
bares de medianoche con pianistas cansados
y tú misma arrimada a tu voz que recorta en la sombra
una vaga columna de leche y vainilla.
Todo nace en tu mano, planisferio azafrán y ron añejo,
y luego sigue, trepa, engaña y tempestades,
ombligo rosa, labios retraídos , feeling,
de golpe es Sergio y su guitarra, es esa niña herida de verano
que nos dio aquella flor en su esquina con un vago: <<Yo debo>>
Te contaré del viaje, entredormida,
alzaré el portulano sigiloso,
te diré de la niebla que arrulla en tu garganta,
de los juegos de azar que arrastran por trastiendas
a marineros ebrios, a muchachas de transito,
que son el alfabeto de ese lenguaje, el gesto
con que te das, combada, murmurando una fuente entre espadañas.
Allí donde al fin bebo.
CORTÁZAR, Julio: "Empiezas con la magia, eres su extrema operación nocturna", en Último Round, tomo II, 15a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2001, pp. 138-140.
Casa de citas es la recopilación de subrayados que he realizado durante mis lecturas. La organización pretende ser temática. De igual manera, se busca que con la lectura de estos fragmentos, nazca la inquietud de leer la obra completa.
miércoles, 16 de julio de 2014
Palabras como cuerpos VII
VESTIR LA SOMBRA
Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la .blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor. Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo, tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la visitó, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.
CORTÁZAR, Julio: "Vestir la sombra" en Último Round, tomo II, 15a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2001, pp. 190-191.
Lo más difícil es cercarla, conocer su límite allí donde se enlaza con la penumbra al borde de sí misma. Escogerla entre tantas otras, apartarla de la luz que toda sombra respira sigilosa, peligrosamente. Empezar entonces a vestirla como distraído, sin moverse demasiado, sin asustarla o disolverla: operación inicial donde la nada se agazapa en cada gesto. La ropa interior, el transparente corpiño, las medias que dibujan un ascenso sedoso hacia los muslos. Todo lo consentirá en su momentánea ignorancia, como si todavía creyera estar jugando con otra sombra, pero bruscamente se inquietará cuando la falda ciña su cintura y sienta los dedos que abotonan la .blusa entre los senos, rozando la garganta que se alza hasta perderse en un oscuro surtidor. Rechazará el gesto de coronarla con la peluca de flotante pelo rubio (¡ese halo, tembloroso rodeando un rostro inexistente!) y habrá que apresurarse a dibujar la boca con la brasa del cigarrillo, deslizar sortijas y pulseras para darle esas manos con que resistirá inciertamente mientras los labios apenas nacidos murmuran el plañido inmemorial de quien despierta al mundo. Faltarán los ojos, que han de brotar de las lágrimas, la sombra por sí misma completándose para mejor luchar, para negarse. Inútilmente conmovedora cuando el mismo impulso que la visitó, la misma sed de verla asomar perfecta del confuso espacio, la envuelva en su juncal de caricias, comience a desnudarla, a descubrir por primera vez su forma que vanamente busca cobijarse tras manos y súplicas, cediendo lentamente a la caída entre un brillar de anillos que rasgan en el aire sus luciérnagas húmedas.
CORTÁZAR, Julio: "Vestir la sombra" en Último Round, tomo II, 15a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2001, pp. 190-191.
Palabras como cuerpos VI
DIOS DE LOS CUERPOS
…toma estos dardos que te aseguran el
dominio sobre todos…
Ovidio, Metamorfosis, V.
Eres el dios de los cuerpos, das y quitas la miel del abrazo más hondo,
gozas en nuestro grito, en el ascenso, paulatino a la delicia
para flotar después en el reposo,
medusa a medio sueño entre el agua y el sol.
Pero también esperas
en el verbo, eres entonces más temible,
te agazapas detrás de cada nombre, y cuando
regresa del olvido una palabra que decíamos
entre besos o lágrimas o Londres,
oh el más amargo de los amos, cómo clavas
tu dardo de infinitas espumas en mitad de mi vientre,
tus uñas de tortura en plena boca!
No puedo decir noche, decir lágrima,
echar al vuelo la paloma de su nombre en los tejados de París,
repetir su murmullo de colmena,
ser en sus dulces sílabas el viento y la campana,
porque también estás ahí con tus mastines y tus águilas,
única realidad de tanto olvido y tanto tiempo,
el amor con su risa de mármol contra el cielo,
su sexo cenital y su nocturna espalda.
*
El viaje fabuloso
inmóvil en el vértigo
tu pelo tus orejas
el viaje lancinante
las hélices del salto
el fragor del que caer
tu nuca tu garganta
el ancla remontando con sus algas su limo
la bocina en la niebla
tu espalda tu cintura
CORTÁZAR, Julio: "Dios de los cuerpos", en Último Round, 15a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2001, pp. 131-133.
…toma estos dardos que te aseguran el
dominio sobre todos…
Ovidio, Metamorfosis, V.
Eres el dios de los cuerpos, das y quitas la miel del abrazo más hondo,
gozas en nuestro grito, en el ascenso, paulatino a la delicia
para flotar después en el reposo,
medusa a medio sueño entre el agua y el sol.
Pero también esperas
en el verbo, eres entonces más temible,
te agazapas detrás de cada nombre, y cuando
regresa del olvido una palabra que decíamos
entre besos o lágrimas o Londres,
oh el más amargo de los amos, cómo clavas
tu dardo de infinitas espumas en mitad de mi vientre,
tus uñas de tortura en plena boca!
No puedo decir noche, decir lágrima,
echar al vuelo la paloma de su nombre en los tejados de París,
repetir su murmullo de colmena,
ser en sus dulces sílabas el viento y la campana,
porque también estás ahí con tus mastines y tus águilas,
única realidad de tanto olvido y tanto tiempo,
el amor con su risa de mármol contra el cielo,
su sexo cenital y su nocturna espalda.
*
El viaje fabuloso
inmóvil en el vértigo
tu pelo tus orejas
el viaje lancinante
las hélices del salto
el fragor del que caer
tu nuca tu garganta
el ancla remontando con sus algas su limo
la bocina en la niebla
tu espalda tu cintura
CORTÁZAR, Julio: "Dios de los cuerpos", en Último Round, 15a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2001, pp. 131-133.
Palabras como cuerpos V
POEMA
Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes
de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza
de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te
dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.
CORTÁZAR, Julio: "Poema", en Último Round, tomo II, 15a. ed., México, 2001, Siglo XXI Editores, pp. 108-109.
Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes
de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza
de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te
dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.
CORTÁZAR, Julio: "Poema", en Último Round, tomo II, 15a. ed., México, 2001, Siglo XXI Editores, pp. 108-109.
lunes, 7 de julio de 2014
Palabras como cuerpos IV
LOS OJOS DESDOBLADOS
Todo lo abrazarás tú,
rostro invisible y presente,
en ti claudicarán
los últimos promontorios
de la esperanza humana.
Recibirás en tu cuerpo
el peso del universo,
porque lo que está
es semilla desgranada de tus campos.
Tu hambre, infinita como tu fertilidad,
segará las espigas de ti misma,
porque nada de lo que existe te es ajeno.
No podrás juzgar a los que llegan,
sabes que el juicio y la absolución
penden de ellos
como el dolor y el placer,
y dividirlos
rompería tu medida.
No esperas nada, todo lo tienes tú.
ARIDJIS, Homero: "Los ojos desdoblados", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, 1987, pp. 17-18 (Las dos orillas. Serie Mayor).
Todo lo abrazarás tú,
rostro invisible y presente,
en ti claudicarán
los últimos promontorios
de la esperanza humana.
Recibirás en tu cuerpo
el peso del universo,
porque lo que está
es semilla desgranada de tus campos.
Tu hambre, infinita como tu fertilidad,
segará las espigas de ti misma,
porque nada de lo que existe te es ajeno.
No podrás juzgar a los que llegan,
sabes que el juicio y la absolución
penden de ellos
como el dolor y el placer,
y dividirlos
rompería tu medida.
No esperas nada, todo lo tienes tú.
ARIDJIS, Homero: "Los ojos desdoblados", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, 1987, pp. 17-18 (Las dos orillas. Serie Mayor).
jueves, 3 de julio de 2014
¡Lo que es eso de saber leer y escribir!
-Si vieras qué bien explica las cosas el curro, compadre Anastasio -dijo Demetrio, preocupado por lo que esa mañana había podido sacar en claro de las palabras de Luis Cervantes.
-Ya lo estuve oyendo -respondió Anastasio-. La verdad, es gente que, como sabe leer y escribir, entiende bien las cosas. Pero lo que a mí no me se alcanza, compadre, es eso de que usted vaya a presentarse con el señor Natera con tan poquitos que semos.
-¡Hum, es lo de menos! Desde hoy vamos a hacerlo ya de otro modo. He oído decir que Crispín Robles llega a todos los pueblos sacando cuantas armas y caballos encuentra; echa fuera de la cárcel a los presos, y en dos por tres tiene gente de sobra. Ya verá. La verdad, compadre Anastasio, hemos tonteado mucho. Parece a manera de mentira que este curro haya venido a enseñarnos la cartilla.
-¡Lo que es eso de saber leer y escribir!...
AZUELA, Mariano: "Los de abajo", en Obras completas de Mariano Azuela I, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 349 (Letras Mexicanas).
-Ya lo estuve oyendo -respondió Anastasio-. La verdad, es gente que, como sabe leer y escribir, entiende bien las cosas. Pero lo que a mí no me se alcanza, compadre, es eso de que usted vaya a presentarse con el señor Natera con tan poquitos que semos.
-¡Hum, es lo de menos! Desde hoy vamos a hacerlo ya de otro modo. He oído decir que Crispín Robles llega a todos los pueblos sacando cuantas armas y caballos encuentra; echa fuera de la cárcel a los presos, y en dos por tres tiene gente de sobra. Ya verá. La verdad, compadre Anastasio, hemos tonteado mucho. Parece a manera de mentira que este curro haya venido a enseñarnos la cartilla.
-¡Lo que es eso de saber leer y escribir!...
AZUELA, Mariano: "Los de abajo", en Obras completas de Mariano Azuela I, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 349 (Letras Mexicanas).
martes, 1 de julio de 2014
Puras obras serias
(...) Pasaron muchos minutos de silencio y una voz femenina los vino, por fin, a turbar:
-¿Dígame, Nacho, no está don Salustiano?
-Sí, Julia, entre usted y sírvase de esperar un momento.
Nacho corrió a sacarle una silla.
-No se moleste, que me voy luego.
Pero reparando en Ana María, entró a saludarla.
-También yo ando en asuntos de dinero. No se imagina lo que esto me fastidia. ¿Qué sucedió con ese libro, Nacho?
-Le juro que antes de dos días lo tendrá en sus manos, Julia.
-¿Qué libro -inquirió Chucho Fernández con oficiosidad-.
Escolástica seguramente lo tiene en su biblioteca.
-El último tomo de los versos de Amado Nervo.
-¡Ah no, a Escolástica no le gustan los versos!- observó desconsolado-. Su biblioteca es de puras obras serias.
AZUELA, Mariano Azuela: "Sin Amor", en Obras completas de Mariano Azuela 1, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 254 (Letras mexicanas).
-¿Dígame, Nacho, no está don Salustiano?
-Sí, Julia, entre usted y sírvase de esperar un momento.
Nacho corrió a sacarle una silla.
-No se moleste, que me voy luego.
Pero reparando en Ana María, entró a saludarla.
-También yo ando en asuntos de dinero. No se imagina lo que esto me fastidia. ¿Qué sucedió con ese libro, Nacho?
-Le juro que antes de dos días lo tendrá en sus manos, Julia.
-¿Qué libro -inquirió Chucho Fernández con oficiosidad-.
Escolástica seguramente lo tiene en su biblioteca.
-El último tomo de los versos de Amado Nervo.
-¡Ah no, a Escolástica no le gustan los versos!- observó desconsolado-. Su biblioteca es de puras obras serias.
AZUELA, Mariano Azuela: "Sin Amor", en Obras completas de Mariano Azuela 1, México, Fondo de Cultura Económica, 1993, p. 254 (Letras mexicanas).
El libro es sólo el tiempo
PRÓLOGO
Estamos haciendo un libro
testimonio de lo que no decimos.
Reunimos nuestro tiempo, nuestros dolores,
nuestros ojos, las manos que tuvimos,
los corazones que ensayamos;
nos traemos al libro,
y quedamos, no obstante,
más grandes y más miserables que el libro.
El lamento no es el dolor.
El canto no es el pájaro.
El libro no soy yo, ni es mi hijo,
ni es la sombra de mi hijo.
El libro es sólo el tiempo,
un tiempo mío entre todos mis tiempos,
un grano en la mazorca,
un pedazo de hidra.
SABINES, Jaime: "Prólogo", en Otro recuento de poemas 1950-1991, México, Joaquín Mortiz, 1991, p. 141 (Las dos orillas. Serie Mayor)
Estamos haciendo un libro
testimonio de lo que no decimos.
Reunimos nuestro tiempo, nuestros dolores,
nuestros ojos, las manos que tuvimos,
los corazones que ensayamos;
nos traemos al libro,
y quedamos, no obstante,
más grandes y más miserables que el libro.
El lamento no es el dolor.
El canto no es el pájaro.
El libro no soy yo, ni es mi hijo,
ni es la sombra de mi hijo.
El libro es sólo el tiempo,
un tiempo mío entre todos mis tiempos,
un grano en la mazorca,
un pedazo de hidra.
SABINES, Jaime: "Prólogo", en Otro recuento de poemas 1950-1991, México, Joaquín Mortiz, 1991, p. 141 (Las dos orillas. Serie Mayor)
San Frutos
Para José Luis Martínez
En la tercera capilla se venera a San Frutos. Lo identifican los pies descalzos, la cabeza tonsurada, el cuerpo regordete, la escarcela vacía, la mirada de muchos días sin comer. Sobre todo, los libros ocultos bajo el manto. Para descubrirlos hace falta observarlo con cuidado. Nadie que pase frente a él con prisa los advertirá.
Es fama antigua que protege a quienes, en grado de necesidad extrema, se ven precisados a seguir su ejemplo y sustraen, con grave riesgo de sus personas y de su fama, libros que no pueden pagar. Se recomienda, en tales ocasiones, ofrecer al santo un novenario que se cumplirá de rodillas, sosteniendo con los brazos abiertos el fruto de su intercesión. Admite ofrendas, siempre que sean impresas, y un modo eficaz de propiciar su gracia es olvidar algún texto piadoso en el altar.
Mucho se discutió, en el pasado, qué libros esconde. Una vieja opinión, irreverente y deliciosa, sostiene que están en blanco, porque San Frutos no sabía leer.
GARRIDO, Felipe: "San Frutos", en La musa y el garabato.
En la tercera capilla se venera a San Frutos. Lo identifican los pies descalzos, la cabeza tonsurada, el cuerpo regordete, la escarcela vacía, la mirada de muchos días sin comer. Sobre todo, los libros ocultos bajo el manto. Para descubrirlos hace falta observarlo con cuidado. Nadie que pase frente a él con prisa los advertirá.
Es fama antigua que protege a quienes, en grado de necesidad extrema, se ven precisados a seguir su ejemplo y sustraen, con grave riesgo de sus personas y de su fama, libros que no pueden pagar. Se recomienda, en tales ocasiones, ofrecer al santo un novenario que se cumplirá de rodillas, sosteniendo con los brazos abiertos el fruto de su intercesión. Admite ofrendas, siempre que sean impresas, y un modo eficaz de propiciar su gracia es olvidar algún texto piadoso en el altar.
Mucho se discutió, en el pasado, qué libros esconde. Una vieja opinión, irreverente y deliciosa, sostiene que están en blanco, porque San Frutos no sabía leer.
GARRIDO, Felipe: "San Frutos", en La musa y el garabato.
Leía todo lo que le llegaba a sus garras
A pesar de su extraordinaria popularidad en la República Imaginaria, nuestro personaje no era muy sociable que digamos. El trabajo de la semana lo dejaba tan cansado, que prefería quedarse en su cueva y disfrutar de sus cortísimas vacaciones. Allí, en su cueva, se ponía a leer. Eso era lo que más le gustaba. Leía todo lo que llegaba a sus garras: poemas de amor, novelas de aventuras, larguísimos tratados de matemáticas y biología, historias comparadas de los duendes y estudios muy complejos sobre las costumbres secretas de las hadas.
PADILLA, Ignacio: Los papeles del dragón típico, México, Grijalbo, 1993, p.13. (Botella al mar).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)









