viernes, 14 de febrero de 2014

El amor de mi vida a los noventa años

Desde entonces la tuve en la memoria con tal nitidez que hacía de ella lo que quería.
Le cambiaba el color de los ojos según mi estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La
vestía para la edad y la condición que convenían a mis cambios de humor: novicia
enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los
setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de
Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes
no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que
no fue una alucinación, sino un milagro más del primer amor de mi vida a los
noventa años.

GARCÍA Márquez, Gabriel: Memoria de mis putas tristes.

Cómo no hay que desesperarse


A tu edad yo también estaba enamorado, hijo. Mi novia era la muchacha más linda
de mi pueblo. Nos íbamos a casar y ella estaba comenzando a bordar su ajuar y yo a
ahorrar para hacernos una casita, cuando me mandaron al servicio militar. Cuando
volví, se había casado con el carnicero y estaba convertida en una señora gorda.
Estuve a punto de tirarme al río con una piedra en los pies, pero luego decidí meterme
a cura. Al año de tomar los hábitos, ella enviudó y venía a la iglesia a mirarme con
ojos lánguidos. -La risotada franca del gigantesco jesuita levantó el ánimo a Pedro
Tercero y lo hizo sonreír por primera vez en tres semanas-..Para que veas, hijo
-concluyó el padre José Dulce María-,cómo no hay que desesperarse. Volverás a ver a
Blanca el día menos pensado.

Isabel Allende: La Casa de los Espíritus.

Se besaron


Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes, buscándose con las manos en un enredo infernal de pelo colgando y el mate que se había volcado al borde de la mesa y chorreaba en su falda...

Julio Cortázar: Rayuela.

Me acuerdo de ti


...y las hortensias que tú plantaste con tu propia mano en Las Tres Marías se han puesto maravillosas, hay algunas azules, porque puse monedas de cobre en la tierra de abono, para que brotaran de ese color, es un secreto de la naturaleza, y cada vez que las coloco en los floreros me acuerdo de ti, pero también me acuerdo de ti cuando no hay hortensias, me acuerdo siempre, Férula, porque la verdad es que desde que te fuiste de mi lado nunca más nadie me ha dado tanto amor.

Isabel Allende: La Casa de los Espíritus.

Estoy enamorado

Mario se limpió el sudor de la frente de un manotazo, secó el telegrama en sus muslos, y se lo puso en la mano del poeta.
-Don Pablo -declaró solemne-. Estoy enamorado.
El vate hizo del telegrama un abanico, que procedió a sacudir ante su barbilla.
-Bueno -repuso- no es tan grave. Eso tiene remedio.
-¿Remedio? Don Pablo, si eso tiene remedio, yo sólo quiero estar enfermo. Estoy enamorado, perdidamente enamorado.
La voz del poeta, tradicionalmente lenta, pareció dejar caer esta vez dos piedras, en vez de palabras.
-¿Contra quién?
-¿Don Pablo?
-¿De quién, hombre?
-Se llama Beatriz.
-¡Dante, diantres!
-¿Don Pablo?
-Hubo una vez un poeta que se enamoró de una tal Beatriz. Las Beatrices producen amores inconmensurables.
El cartero esgrimió su bolígrafo Bic, y raspó con él la palma de su izquierda.
-¿Qué haces?
-Me escribo el nombre del poeta ese. Dante.
-Dante Alighieri.
-Con "h".
-No, hombre, con "a".
-¿"A" como "amapola"?
-Como "amapola" y "apio".
-¿Don Pablo?
El poeta extrajo su bolígrafo verde, puso la palma del chico sobre la roca, y escribió con letras pomposas. Cuando se disponía a abrir el telegrama, Mario se golpeó la ilustre palma sobre la frente, y suspiró:
-Don Pablo, estoy enamorado.
-Eso ya lo dijiste. ¿Y yo en qué puedo servirte?
-Tiene que ayudarme.
-¡A mis años!
-Tiene que ayudarme, porque no sé qué decirle. La veo delante mío y es como si estuviera mudo. No me sale ni una sola palabra.
-¡Cómo! ¿No has hablado con ella?
-Casi nada. Ayer me fui paseando por la playa como usted me dijo. Miré el mar mucho rato, y no se me ocurrió ninguna metáfora. Entoonces, entré a la hostería y me compré una botella de vino. Bueno, fue ella la que me vendió la botella.
-Beatriz.
-Beatriz. Me le quedé mirando, y me enamoré de ella.
Neruda se rascó su plácida calvicie con el dorso del lápiz.
-Tan rápido.
-No, tan rápido no. Me la quedé mirando como diez minutos.
-¿Y ella?
-Y ella me dijo: "¿Qué miras, acaso tengo monos en la cara?"
-¿Y tú?
-A mí no se me ocurrió nada.
-¿Nada de nada? ¿No le dijiste ni una palabra?
-Tanto como nada de nada, no. Le dije cinco palabras.
-¿Cuáles?
-¿Cómo te llamas?
-¿Y ella?
-Ella me dijo "Beatriz González".
-Le preguntaste "cómo te llamas". Bueno eso hace tres palabras. ¿Cuáles fueron las otras dos?
-"Beatriz González."
-Beatriz González.
-Ella me dijo "Beatriz González" y entonces yo repetí "Beatriz González".

Antonio Skármeta: El Cartero de Neruda.

Sé que piensas en mí

SÉ QUE PIENSAS EN MI
porque los ojos se te van para dentro
y tienes detenida en los labios
una sonrisa que sangra largamente
Pero estás lejos
y lo que piensas
no puede penetrarme
yo te grito Ven
abre mi soledad en dos
y mueve en ella el canto
haz girar este mundo detenido
Yo te digo Ven
déjame nacer sobre la tierra

Homero Aridjis: "Sé que piensas en mi".

Venus

Ésa es Venus para nosotros: de allí viene el nombre del amor; de allí destiló en nuestro corazón la gota primera de dulzura venérea y se siguió el inútil cuidado. Porque, aunque no esté presente el objeto amado, allí está su imagen constante y su dulce nombre que asedia nuestros oídos.

Por eso, más vale huir del recuerdo y ahuyentar el pábulo del amor, o bien dirigir el alama a otro objeto y echar el líquido reunido sobre otros cuerpos, y no quemarse en silencio, presa de un solo amor, y reservarse el cuidado y el dolor cierto. Porque la llaga se vuelve a abrir y se hace crónica con darle pábulo, y cada día la pasión crece y el mal se agrava si no borras las primeras heridas con nuevas llagas, y curas al azar estas últimas con Venus vagabunda, o bien puedes confiar a otros los impulsos de tu alma.

Y no creas que el que evita el amor se priva de los frutos de Venus. Es al contrario: toma los privilegios sin cargar la pena. No hay duda que es más puro el placer para el que está en sus cabales, que para el que anda turbado. El ardor de los amantes, en el momento mismo de poseer, flutúa indeciso entre dos derroteros, y es muy dudoso lo que disfrutan en los comienzos con los ojos y las manos, Aprietan estrechamente lo que desearon hasta causarle dolor, hincan muchas veces los dientes en los tiernos labios y amargan los besos: porque el placer no es puro y hay aguijones secretos que los instigan a herir eso mismo, no importa qué, de dónde surgen los gérmenes de ese frenesí. Y si Venus, con el amor, quebranta por un momento las penas, y la voluptuosidad mezclada con las caricias refrena los mordiscos, aun en eso se esconde la esperanza de que puede ser apagado el fuego por aquel mismo cuerpo que es el origen de la pasión. Mas la naturaleza se encarga de burlar la esperanza. Éste es el único objeto cuya mayor posesión sólo hace más vivo en el corazón el fuego del deseo. En contraste con la comida y el agua, que el cuerpo absorbe y que, en virtud del espacio que pueden llenar, aplacan el ansia de comer y beber fácilmente, el rostro o placentero color de un ser humano nada ofrecen al cuerpo, sino imágenes impalpables: miserable ilusión que pronto arrebata el viento. Porque, así como en sueños el sediento quiere beber y no hay agua real que pueda extinguir el fuego que arde en los miembros y persigue ansioso los fantasmas del agua, mas lucha en vano, y muere de sed bebiendo a mitad de un río caudaloso: así Venus, en el amor, burla a los amantes con simulacros, y ellos no pueden saciarse con la presencia del ser amado, ni sus manos arrancar nada del cuerpo delicado que ellos recorren completamente con sus caricias inciertas. En fin, cuando los miembros entrelazados disfrutan del placer de la vida, cuando ya el cuerpo presagia los deleites y Venus se aproxima a fecundar el huerto femenino, estrechan ávidos el cuerpo, juntan las salivas, y quedan sin aliento apretando los dientes: todo en vano, porque no pueden arrancar de allí nada, ni pueden tampoco penetrar y fundir un cuerpo con otro. Tal parecen querer y tratar de hacer por momentos, cuando con tanta avidez se encajan en las partes de Venus, hasta que los miembros se enervan debilitados por el espasmo de la voluptuosidad.

Finalmente, cuando ya se ha aplacado el deseo que hacía presa en los nervios, la violencia del ardor se relaja por un momento; mas luego vuelve igual ansiedad y se repite el mismo furor de cuando trataban de conquistar el objeto de sus deseos. Son incapaces de encontrar un ardid que venza su mal: hasta ese punto los infelices está roídos por la secreta herida.

De la Naturaleza de las Cosas (fragmento), tratado de Tito Lucrecio Caro.

La insólita lujuria

Amar es una insólita lujuria
y una gula voraz, siempre desierta.

Pero amar es también cerrar los ojos,
dejar que el sueño invada nuestro cuerpo
como un río de olvido y de tinieblas,
y navegar sin rumbo, a la deriva:
porque amar es, al fin, una indolecia.

Amor condusse noi ad una morte (fragmento), Xavier Villaurrutia.

La prórroga perpetua

Los amorosos andan como locos
porque están solos, solos, solos,
entregándose, dándose a cada rato,
llorando porque no salvan al amor.
Les preocupa el amor. Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.
Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡qué bueno!- han de estar
solos.

Los Amorosos (fragmento), Jaime Sabines.

Para el amor no hay cielo

Para el amor no hay cielo, amor,
sólo este día;
este cabello triste que se cae
cuando te estás peinando ante el espejo.
Esos túneles largos
que se atraviesan con jadeo y asfixia;
las paredes sin ojos,
el hueco que resuena
de alguna voz oculta y sin sentido.

La Orfandad (fragmento), Rosario Castellanos.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El fútbol


La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega un niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

El juego se ha convertido en espectáculo, con pocos protagonistas y muchos espectadores, fútbol para mirar, y el espectáculo se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del mundo, que no se organiza para jugar sino para impedir que se juegue. La tecnocracia del deporte profesional ha ido imponiendo un fútbol de pura velocidad y mucha fuerza, que renuncia a la alegría, atrofia la fantasía y prohíbe la osadía.

Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sera muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público en las tribunas, por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad.

GALEANO, Eduardo: "El fútbol", en El Fútbol a Sol y Sombra, 5a. ed., México, Siglo XXI Editores, 2002, p. 2.