Le cambiaba el color de los ojos según mi estado de ánimo: color de agua al despertar, color de almíbar cuando reía, color de lumbre cuando la contrariaba. La
vestía para la edad y la condición que convenían a mis cambios de humor: novicia
enamorada a los veinte años, puta de salón a los cuarenta, reina de Babilonia a los
setenta, santa a los cien. Cantábamos duetos de amor de Puccini, boleros de
Agustín Lara, tangos de Carlos Gardel, y comprobábamos una vez más que quienes
no cantan no pueden imaginar siquiera lo que es la felicidad de cantar. Hoy sé que
no fue una alucinación, sino un milagro más del primer amor de mi vida a los
noventa años.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Memoria de mis putas tristes.









