viernes, 14 de febrero de 2014

Cómo no hay que desesperarse


A tu edad yo también estaba enamorado, hijo. Mi novia era la muchacha más linda
de mi pueblo. Nos íbamos a casar y ella estaba comenzando a bordar su ajuar y yo a
ahorrar para hacernos una casita, cuando me mandaron al servicio militar. Cuando
volví, se había casado con el carnicero y estaba convertida en una señora gorda.
Estuve a punto de tirarme al río con una piedra en los pies, pero luego decidí meterme
a cura. Al año de tomar los hábitos, ella enviudó y venía a la iglesia a mirarme con
ojos lánguidos. -La risotada franca del gigantesco jesuita levantó el ánimo a Pedro
Tercero y lo hizo sonreír por primera vez en tres semanas-..Para que veas, hijo
-concluyó el padre José Dulce María-,cómo no hay que desesperarse. Volverás a ver a
Blanca el día menos pensado.

Isabel Allende: La Casa de los Espíritus.

No hay comentarios:

Publicar un comentario