Esa era mi esperanza...
mas ya que sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡adiós por vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!
ACUÑA, Manuel: "Nocturno a Rosario", en Los mejores poemas de los mejores poetas mexicanos, p. 96.
Casa de citas es la recopilación de subrayados que he realizado durante mis lecturas. La organización pretende ser temática. De igual manera, se busca que con la lectura de estos fragmentos, nazca la inquietud de leer la obra completa.
jueves, 12 de diciembre de 2013
miércoles, 11 de diciembre de 2013
Y en medio de nosotros mi madre como un Dios
¡Qué hermoso hubiera sido
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!
ACUÑA, Manuel: "Nocturno a Rosario", en Los mejores poemas de los mejores poetas mexicanos, pp. 95-96.
vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!
ACUÑA, Manuel: "Nocturno a Rosario", en Los mejores poemas de los mejores poetas mexicanos, pp. 95-96.
martes, 10 de diciembre de 2013
Masoquismo
jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvarios
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos,
te quiero mucho más.
ACUÑA, Manuel: "Nocturno a Rosario", en Los mejores poemas de los mejores poetas mexicanos, p. 95.
lunes, 9 de diciembre de 2013
En nombre de mi última ilusión
¡Pues bien! yo necesito
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto,
y al grito que te imploro
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.
decirte que te adoro,
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto,
y al grito que te imploro
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.
ACUÑA, Manuel: "Nocturno a Rosario", en Los mejores poemas de los mejores poetas mexicanos, Editores Mexicanos Unidos, p. 94
viernes, 6 de diciembre de 2013
Promoción de la lectura
KALMAN, Judith: Saber lo que es la letra: una experiencia de lectoescritura con mujeres de Mixquic, México, Siglo XXI Editores-Secretaría de Educación y Cultura, 2004, p.26 (Biblioteca para la actualización del maestro).
jueves, 5 de diciembre de 2013
Disponibilidad y acceso
Disponibilidad denota la presencia física de los materiales impresos y la infraestructura para su distribución (biblioteca, puntos de venta de libros, revistas, diarios, servicios de correo, etcétera), mientras que acceso se refiere a las oportunidades para participar en eventos de lengua escrita, situaciones en las cuales el sujeto se posiciona vis-à-vis con otros lectores y escritores, así como a las oportunidades y las modalidades para aprender a leer y escribir (Kalman, 1996). Acceso es una categoría analítica que permite identificar cómo en la interacción entre participantes, en los eventos comunicativos, se despliegan conocimientos, prácticas lectoras y escritoras, conceptualizaciones y usos; abarca dos aspectos fundamentales, las vías de acceso (las relaciones con otros lectores y escritores, con los textos, con el conocimiento de la cultura escrita y los propósitos y consecuencias de uso) y las modalidades de apropiación (los aspectos específicos de las prácticas de lengua escrita, sus contenidos, formas, convenciones; sus procesos de significación y procedimiento de uso).
KALMAN, Judith: Saber lo que es la letra: una experiencia de lectoescritura con mujeres de Mixquic, México, Siglo XXI Editores-Secretaría de Educación y Cultura, 2004, p.26 (Biblioteca para la actualización del maestro).
miércoles, 4 de diciembre de 2013
La ley del deseo IV
Aureliano sonrió, la levantó por la cintura con las dos manos, como una maceta de begonias, y la tiró bocarriba en la cama. De un tirón brutal la despojó de la túnica de baño antes de que ella tuviera tiempo de impedirlo, y se asomó al abismo de una desnudez recién lavada que no tenía un matiz de la piel, ni una veta de vellos, ni un lugar recóndito que él no hubiera imaginado en las tinieblas de otros cuartos. Amaranta Úrsula se defendía sinceramente, con astucias de hembra sabia, comadrejeando el escurridizo y flexible y fragante cuerpo de comadreja, mientras trataba de destroncarle los riñones con las rodillas y le alacraneaba la cara con las uñas, pero sin que él ni ella emitieran un suspiro que no pudiera confundirse con la respiración de alguien que contemplara el parsimonioso crepúsculo de abril por la ventana abierta. Era una lucha feroz, una batalla a muerte, que sin embargo parecía desprovista de toda violencia, porque estaba hecha de agresiones distorsionadas y evasivas espectrales, lentas y cautelosas, solemnes, de modo que entre una y otra había tiempo para que volvieran a florecer las petunias y Gastón olvidara sus sueños de aeronauta en el cuarto vecino, como si fueran dos amantes enemigos tratando de reconciliarse en el fondo de un estanque diáfano. En el fragor del encarizado y ceremonioso forcejeo, Amaranta Úrsula comprendió que la meticulosidad de su silencio era tan irracional, que habría podido despertar las sospechas del marido contiguo, mucho más que los estrépitos de guerra que trataban de evitar. Entonces empezó a reír con los labios apretados, sin renunciar a la lucha, pero defendiéndose con mordiscos falsos y descomadrejeando el cuerpo poco a poco, hasta que ambos tuvieron conciencia de ser al mismo tiempo adversarios y cómplices, y la brega degeneró en un retozo convencional y las agresiones se volvieron caricias. De pronto, casi jugando, como una travesura más, Amaranta Úrsula descuidó la defensa, y cuando trató de reaccionar, asustada de lo que ella misma había hecho posible, ya era demasiado tarde. Una conmoción descomunal la inmovilizó en su centro de gravedad, la sembró en su sitio, y su voluntad defensiva fue demolida por la ansiedad irresistible de descubrir qué eran los silbos anaranjados y los globos invisibles que la esperaban al otro lado de la muerte. Apenas tuvo tiempo de estirar la mano y buscar a ciegas la toalla, y meterse una mordaza entre los dientes, para que no se le salieran los chillidos de gata que ya le estaban desgarrando las entrañas.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfagura, 2007, pp. 449-450.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfagura, 2007, pp. 449-450.
La nostalgia de los sueños perdidos
No llegó la mujer de todos los días, la cabeza alzada y la andadura pétrea, sino una anciana de una hermosura sobrenatural, con una amarillenta capa de armiño, una corona de cartón dorado, y la conducta lánguida de quien ha llorado en secreto. En realidad, desde que lo encontró en los baúles de Aureliano Segundo, Fernanda se había puesto muchas veces el apolillado vestido de reina. Cualquiera que la hubiera visto frente al espejo, extasiada en sus propios ademanes monárquicos, habría podido pensar que estaba loca. Pero no lo estaba. Simplemente, había convertido los atuendos reales en una máquina de recordar. La primera vez que se los puso no pudo evitar que se le formara un nudo en el corazón y que los ojos se le llenaran de lágrimas, porque en aquel instante volvió a percibir el olor de betún de las botas del militar que fue a buscarla a su casa para hacerla reina, y el alma se le cristalizó con la nostalgia de los sueños perdidos.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, p. 412.
Hay que morir sin dolor, ni miedo, ni amargura.
Lo único que no tuvo en cuenta en plan tremendista fue que, a pesar de sus súplicas a Dios, ella podía morirse primero que Rebeca. Así ocurrió, en efecto. Pero en el instante final Amaranta no se sintió frustrada, sino por el contrario liberada de toda amargura, porque la muerte le deparó el privilegio de anunciarse con varios años de anticipación. La vio un mediodía ardiente, cosiendo con ella en el corredor, poco después de que Meme se fue al colegio. La reconoció en el acto, y no había nada pavoroso en la muerte, porque era una mujer vestida de azul con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado, y con cierto parecido a Pilar Ternera en la época en que las ayudaba en los oficios de cocina. Varias veces Fernanda estuvo presente y no la vio, a pesar de que era tan real, tan humana, que en alguna ocasión le pidió a Amaranta el favor de que le ensartara una aguja. La muerte no le dijo cuándo se iba a morir ni si su hora estaba señalada antes que la de Rebeca, sino que le ordenó empezar a tejer su propia mortaja el próximo seis de abril. La autorizó para que la hiciera tan complicada y primorosa como ella quisiera, pero tan honradamente como hizo la de Rebeca, y le advirtió que había que morir sin dolor, ni miedo ni amargura, al anochecer del día en que la terminara. Tratando de perder la mayor cantidad posible de tiempo, Amaranta encargó las hilazas de lino bayal y ella misma fabricó el lienzo. Lo hizo con tanto cuidado que solamente esa labor le llevó cuatro años. Luego inició el bordado. Aprendiendo que solo un milagro le permitiría prolongar el trabajo más allá de la muerte de Rebeca, pero la misma concentración le proporcionó la calma que le hacía falta para aceptar la idea de la frustración.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 317-318.
martes, 3 de diciembre de 2013
Penélope II
La vida se le iba en bordar el sudario. Se hubiera dicho que bordaba durante el día y desbordaba en la noche, y no con la esperanza de derrotar en esa forma la soledad, sino todo lo contrario, para sustentarla.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, p. 296.
La máquina de ilusión
Se indignaron con las imágenes vivas que el próspero comerciante don Bruno Crespi proyectaba en el teatro con taquilla de bocas de león, porque un personaje muerto y sepultado en una película, y por cuya desgracia se derramaron lágrimas de aflicción, reapareció vivo y convertido en árabe en la película siguiente. El público que pagaba dos centavos para compartir las vicisitudes de los personajes, no pudo soportar aquella burla inaudita y rompió la sillería. El alcalde, a instancias de don Bruno Crespi, explicó mediante un bando, que el cine era una máquina de ilusión que no merecía los desbordamientos pasionales del público. Ante la desalentadora explicación, muchos estimaron que habían sido víctimas de un nuevo y aparatoso asunto de gitanos, de modo que optaron por no volver al cine, considerando que ya tenían bastante con sus propias penas para llorar por fingidas desventuras de seres imaginarios.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, p. 237.
Cristianos corrompidos
El primer viernes de mayo comulgó torturado por la curiosidad. Más tarde le hizo la pregunta a Petronio, el enfermo sacristán que vivía en la torre y que según decían se alimentaba de murciélagos, y Petronio le constestó: "Es que hay cristianos corrompidos que hacen sus cosas con las burras". José Arcadio Segundo siguió demostrando tanta curiosidad, pidió tantas explicaciones, que Petronio perdió la paciencia:
-Yo voy los mares en la noche -confesó-. Si prometes no decírselo a nadie, el otro martes te llevo.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, p. 216.
El mundo se va acabando
Aureliano Segundo estaba abstraído en la lectura de un libro. Aunque carecía de pastas y el título no aparecía por ninguna parte, el niño gozaba con la historia de una mujer que se sentaba en la mesa y solo comía granos de arroz que prendía con alfileres, y con la historia del pescador que le pidió prestado a su vecino un plomo para su red y el pescado con que lo recompensó más tarde tenía un diamante en el estómago, y con la lámpara que satisfacía los deseos y las alfombras que volaban. Asombrado, le preguntó a Úrsula si todo aquello era verdad, y ella le contestó que sí, que muchos años antes los gitanos llevaban a Macondo las lámparas maravillosas y las esteras voladoras.
-Lo que pasa -suspiró- es que el mundo se va acabando poco a poco y no vienen esas cosas.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 213-214.
-Lo que pasa -suspiró- es que el mundo se va acabando poco a poco y no vienen esas cosas.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 213-214.
Sueños
Cuando estaba solo, José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cama de cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De este cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual, y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito. Le gustaba irse de cuarto en cuarto, como en una galería de espejos paralelos, hasta que Prudencio Aguilar le tocaba el hombro. Entonces regresaba de cuarto en cuarto, despertando hacia atrás, recorriendo el camino inverso y encontraba a Prudencio Aguilar en el cuarto de la realidad.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, p. 165.
Oralidad primaria
Meses después volvió Francisco el Hombre, un anciano trotamundos de casi 200 años que pasaba con frecuencia por Macondo divulgando las canciones compuestas por él mismo. En ellas, Francisco el Hombre relataba con detalles minuciosos las noticias ocurridas en los pueblos de su itinerario, desde Manaure hasta los confines de la ciénega, de modo que si alguien tenía un recado que mandar o un acontecimiento que divulgar, le pagaba dos centavos para que lo incluyera en su repertorio.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, p. 64.
Daguerrotipo
Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades le sacudieron el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en pueblo. Había estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad. Repudiado por su tribu, desprovisto de toda facultad sobrenatural como castigo por su fidelidad a la vida, decidió refugiarse en aquel rincón del mundo todavía no descubierto por la muerte, dedicado a la explotación de un laboratorio de daguerrotipia. José Arcadio Buendía no había oído hablar nunca de ese invento. Pero cuando se vio a sí mismo y a toda su familia plasmados en una edad eterna sobre una lámina de metal tornasol, se quedó mudo de estupor. De esa época databa el oxidado daguerrotipo en el que apareció José Arcadio Buendía con el pelo erizado y ceniciento, el acartonado cuello de la camisa prendido con un botón de cobre, y una expresión de solemnidad asombrada, y que Úrsula describía muerta de risa como "un general asustado". En verdad, José Arcadio Buendía estaba asustado la diáfana mañana de diciembre en que le hicieron el daguerrotipo, porque pensaba que la gente se iba gastando poco a poco a medida que su imagen pasaba a las placas metálicas.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 62-63.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 62-63.
El cuento del gallo capón
Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contaran el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido que dijeran que sí, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador decía que no les había pedido que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y nadie podía irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por noches enteras.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 58-59
La primera vez
-Muchacho -exclamó-, que Dios te la conserve.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Alfaguara, 2007, pp. 44-45.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
El territorio de los cuentos
Para cuando había contado treinta, Edie empezó a preocuparse. No se trataba de una preocupación por algo concreto, pero dado que las estatuas habían empezado a desprenderse de los edificios y a perseguirla, y dado que un monstruo metálico había tratado de aplastarle la cabeza con dos rejillas, consideró que tenía razones suficientes para preocuparse. En realidad, más que preocupación lo que sentía era un hueco, una ausencia repentina. Una vez tuvo un dolor de oído y fur horroroso, y casi insoportable. Su madre le leyó un cuento y después otro. Al cabo de un rato se olvidó del dolor, pero todos los cuentos tienen final y los que le leía su madre no eran la excepción. Cuando llegó al final del último, el mundo real regresó y el dolor, también. Y ahora sentía exactamente lo mismo que había sentido en el intervalo de tiempo que transcurrió entre el instante que se dio cuenta de que el cuento que había conseguido que se olvidase del dolor había acabado y el momento en que tuvo la certeza de que ese dolor regresaría con más intensidad.
FLETCHER, Charlie: Corazón de piedra, Barcelona, Ediciones B, 2008, pp. 261-262.
viernes, 1 de noviembre de 2013
La ciencia ha eliminado las distancias
En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Ámsterdam. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de la mano. "La ciencia ha eliminado las distancias", pregonaba Melquíades. "Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa".
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Real Academia Española de la Lengua-Asociación de Academias de la Lengua Español-Alfaguara, 2007, pp. 10-11.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Real Academia Española de la Lengua-Asociación de Academias de la Lengua Español-Alfaguara, 2007, pp. 10-11.
En el origen
El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.
GARCÍA Márquez, Gabriel: Cien años de soledad, España, Real Academia Española de la Lengua-Asociación de Academias de la Lengua Español-Alfaguara, 2007, p. 9.
miércoles, 30 de octubre de 2013
La más malvada de las malvadas
En el norte de Turambul, había una vez una señora que era la peor señora del mundo. Era gorda como un hipopótamo, fumaba puro y tenía dos colmillos puntiagudos y brillantes.
Además, usaba botas de pico y tenía unas uñas grandes y filosas con las que le gustaba rasguñar a la gente.
A sus cinco hijos les pegaba cuando sacaban malas calificaciones en la escuela, y también cuando sacaban dieces. Los castigaba cuando se portaban bien y cuando se portaban mal. Les echaba jugo de limón en los ojos lo mismo si hacían travesuras que si le ayudaban a barrer la casa o a lavar los platos de la comida.
Además de todo, en el desayuno les servía comida para perros.
El que no se la comiera debía saltar la cuerda ciento veinte veces, hacer cincuenta sentadillas y dormir en el gallinero.
Los niños del vecindario se echaban a correr en cuanto veían que ella se acercaba. Lo mismo sucedía con los señores y las señoras y los viejitos y las viejitas y los policías y los dueños de las tiendas.
Hasta los gatos y las gaviotas y las cucarachas sabían que su vida peligraba cerca de la malvada mujer. A las hormigas ni les pasaba por la cabeza hacer su hormiguero cerca de su casa porque sabían que la señora les echaría encima agua caliente.
Era una señora mala, terrible, espantosa, malvadísima. La peor de las peores señoras del mundo. La más malvada de las malvadas.
HINOJOSA, Francisco: La peor señora del mundo, México, 2a. ed., Fondo de Cultura Económica, 2010, pp. 7-13. (A la orilla del viento; 30)
martes, 29 de octubre de 2013
Alfabetización
Entendemos la alfabetización como el desarrollo del conocimiento y uso de la lengua escrita en el mundo social y en actividades culturalmente validadas, por oposición a la concepción tradicional que la asume como el aprendizaje de los aspectos básicos de la lectura y la escritura (la correspondencia entre letras y sonidos).
KALMAN, Judith: Saber lo que es la letra, México, Siglo XXI Editores-Secretaría de Educación Pública, 2004, p. 20 (Biblioteca para la actualización del maestro).
lunes, 28 de octubre de 2013
La ley del deseo III
Cuando Tita y Pedro se dieron cuenta, sólo quedaban en el rancho John, Chencha y ellos dos. Todos los demás, incluyendo los trabajadores del rancho, ya se encontraban en el lugar más alejado al que pudieron llegar, haciendo desenfrenadamente el amor. Algunos bajo el puente de Piedras Negras e Eagle Pass. Los más conservadores dentro de su auto mal estacionado sobre la carretera. Y los más, donde pudieron. Cualquier sitio era bueno: en el río, en las escaleras, en la tina, en la chimenea, en el horno de una estufa, en el mostrador de la farmacia, en el ropero, en las copas de los árboles. La necesidad es la madre de todos los inventos y todas las posturas. Ese día hubo más creatividad que nunca en la historia de la humanidad.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 259.
Son tus perjúmenes
Tita pensaba en su hermana mientras terminaba de pelar las pocas nueces que quedaban sobre la mesa. A Rosaura le hubiera gustado tanto estar presente en la boda. La pobre había muerto hacía un año. En honor a su memoria se había dejado pasar todo este tiempo para realizar la ceremonia religiosa. Su muerte había sido de lo más extraña. Había cenado como de costumbre se había retirado inmediatamente después a su habitación. Esperanza y Tita se habían quedado platicando en el comedor, Pedro subió a despedirse de Rosaura antes de dormir. Tita y Esperanza no escucharon nada por lo retirado que el comedor se encontraba de las recámaras. Al principio a Pedro no le causó extrañeza escuchar, aun con la puerta cerrada, las ventosidades de su Rosaura. Pero empezó a poner atención a estos desagradables ruidos cuando uno de ellos se prolongó más de lo acostumbrado, parecía interminable. Pedro trató de concentrarse en el libro que tenía en las manos, pensando que no era posible que ese prolongado sonido fuera el producto de los problemas digestivos de su mujer. El piso se estremecía, la luz parpadeaba. Pedro pensó por un momento que con estruendosos cañonazos la revolución se había reiniciado, pero descartó esta posibilidad pues en el país, por ahora, había demasiada calma. Tal vez se trataba del motor del auto de los vecinos. Pero analizándolo bien, los coches de motor no despedían un olor tan nauseabundo. Era extraño que percibiera este olor a pesar de haber tomado la precaución de pasear por toda la recámara una cuchara con un trozo de carbón encendido y un poco de azúcar.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, pp. 248-249.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, pp. 248-249.
viernes, 25 de octubre de 2013
La ley del deseo II
Tita se despojó de sus ropas, se metió a la regadera y dejó que el agua fría cayera sobre su cabeza. ¡Qué alivio sentía! Con los ojos cerrados las sensaciones se agudizan, podía percibir cada gota de agua fría recorriéndole el cuerpo. Sentía los pezones de sus senos ponerse duros como piedras al contacto con el agua. Otro hilo de agua bajaba por su espalda y después caía como cascada en la curva de sus redondos y protuberantes glúteos, recorriendo sus firmes piernas hasta los pies. Poco a poco se le fue pasando el mal humor, y el dolor de cabeza desapareció. De pronto empezó a sentir que el agua se entibiaba y se ponía cada vez más caliente hasta empezar a quemarle la piel. Esto pasaba algunas veces en época de calor cuando el agua del tinaco había sido calentada todo el día por los poderosos rayos del sol, pero no ahora que en primera no era verano y en segunda empezaba a anochecer. Alarmada abrió sus ojos, temerosa de que nuevamente se fuera a incendiar el cuarto de baño y lo que descubrió fue la figura de Pedro del otro lado de los tablones, observándola detenidamente.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 168.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 168.
Para poder vivir
Como ve, todos tenemos en nuestro interior los elementos necesarios para producir fósforo. Es más, déjeme decirle algo que a nadie le he confiado. Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a revivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillos se humedece y ya nunca podrá encender un solo fósforo.
Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podría dárselo.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 126.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 126.
jueves, 24 de octubre de 2013
Baño
Preparar el baño para Mamá Elena era lo mismo que preparar una ceremonia. El agua se tenía que poner a hervir con flores de espliego, el aroma preferido de Mamá Elena. Después se pasaba la "decocción" por un paño limpio y se le añadían unas gotas de aguardiente. Por último había que llevar, una tras otra, cubetas con esta agua caliente hasta el cuarto obscuro. Este cuarto, como su nombre lo indica, no recibía rayo de luz alguno pues carecía de ventanas. Sólo tenía una angosta puerta. Dentro, a mitad del cuarto, se encontraba una gran tina donde se depositaba el agua. Junto a ella, en una vasija de peltre se ponía agua con shi-shi para el lavado del pelo de Mamá Elena.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 104.
ESQUIVEL, Laura: Como agua para chocolate. Novela en doce entregas con recetas, amores y remedios caseros, México, Suma de Letras, 2012, p. 104.
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