jueves, 19 de junio de 2014

Las puertas de tu ciudad fortificada II

DÉJAME ENTRAR A TU ÍNTIMO ALFABETO
para saber lo tuyo por su nombre
y a través de tus letras
hablar de lo que permanece
y también de auroras y de nieblas
Déjame entrar para aprenderte
y girar en tu órbita de voces
hablándote de lo que me acontece
describiéndote a ti
Quiero dar testimonio a los hombres
de tus enes y tus zetas
desnudarte ante ellos como a una niña
para que todos se expresen con acento puro

ARIDJIS, Homero: "Déjame entrar a tu íntimo alfabeto", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, 1987, pp. 14-15 (Las dos orillas. Serie mayor)

miércoles, 18 de junio de 2014

martes, 17 de junio de 2014

Palabras como cuerpos III

TE ME VAS HACIENDO ALAS
ya eres menos física que una palabra
flotas sobre mí ligera como aire
Te me vas haciendo imagen
porque cuando estoy contigo
quiero decirte algo
y la voz se me hace una paloma abstracta
Estoy lleno de ti como la tierra
me tienes inundado de tus ojos
eres más inaplazable que un segundo
Todo lo has podido haciéndote aurora
yo no puedo nada
soy demasiado noche
canto de luz muda luciérnaga

ARIDJIS, Homero: "Te me vas haciendo alas", en Obra poética (1960-1968), México, Joaquín Mortiz, 1987, pp. 15-16 (Las dos orillas. Serie mayor).

lunes, 16 de junio de 2014

Tiene la medida de mi sueño


Elle a la forme de mes mains
elle a la couleur de mes yeux
PAUL ELUARD

TIENE LA MEDIDA DE MI SUEÑO
los ojos de mi infancia
ama lo que yo amo
lo que no retorna
lo que no llega todavía
se levanta en mis párpados
y de ahí hace volar sus sueños
Se desplaza y permanece
siempre es ella en todas partes
saludando al universo
Llena todos los días del mundo
y aún no nace porque no tiene fin
La encuentro en el silencio en la absolución
pero ella está dispersa respirando en todo
Si algún día llego a penetrar su alma
le daré vendimias de su cuerpo
el hombre el pasto la niebla

ARIJDIS, Homero: "Tiene la medida de mi sueño", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, 1987, p. 14 (Las dos orillas. Serie mayor)

viernes, 13 de junio de 2014

Elegía del guardameta

A Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela.

Tu grillo, por tus labios promotores,
de plata compostura,
árbitro, domador de jugadores,
director de bravura,
¿no silbará la muerte por ventura?
En el alpiste verde de sosiego,
de tiza galonado,
para siempre quedó fuera del juego
sampedro, el apostado
en su puerta de cáñamo añudado.
Goles para enredar en sí, derrotas,
¿no la mundial moscarda?
que zumba por la punta de las botas,
ante su red aguarda
la portería aún, araña parda.
Entre las trabas que tendió la meta
de una esquina a otra esquina
por su sexo el balón, a su bragueta
asomado, se arruina,
su redondez airosamente orina.
Delación de las faltas, mensajeras
de colores, plurales,
amparador del aire en vivos cueros,
en tu campo, imparciales
agitaron de córner las señales.
Ante tu puerta se formó un tumulto
de breves pantalones
donde bailan los príapos su bulto
sin otros eslabones
que los de sus esclavas relaciones.
Combinada la brisa en su envoltura
bien, y mejor chutada,
la esfera terrenal de su figura
¡cómo! fue interceptada
por lo pez y fugaz de tu estirada.
Te sorprendió el fotógrafo el momento
más bello de tu historia
deportiva, tumbándote en el viento
para evitar victoria,
y un ventalle de palmas te aireó gloria.
Y te quedaste en la fotografía,
a un metro del alpiste,
con tu vida mejor en vilo, en vía
ya de tu muerte triste,
sin coger el balón que ya cogiste.
Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto! tino
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.
Aplaudieron tu fin por tu jugada.
Tu gorra, sin visera,
de tu manida testa fue lanzada,
como oreja tercera,
al área que a tus pasos fue frontera.
Te arrancaron, cogido por la punta,
el cabello del guante,
si inofensiva garra, ya difunta,
zarpa que a lo elegante
corroboraba tu actitud rampante.
¡Ay fiera!, en tu jaulón medio de lino,
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolonida.
Inflamado en amor por los balones,
sin mano que lo imante,
no implicarás su viento a tus riñones,
como un seno ambulante
escapado a los senos de tu amante.
Ya no pones obstáculos de mano
al ímpetu, a la bota
en los que el gol avanza. Pide en vano,
tu equipo en la derrota,
tus bien brincados saques de pelota.
A los penaltys que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto.
El marcador, al número al contrario,
le acumula en la frente
su sangre negra. Y ve el extraordinario,
el sampedro suplente,
vacío que dejó tu estilo ausente.

Miguel Hernández

Las puertas de tu ciudad fortificada

LLAMARÉ
hasta que las puertas de tu ciudad
fortificada con estatutos inviolables
me acojan como habitante
de la vida que en ti se desenvuelve
igual que la lluvia de silencio
sobre tu cabeza
Gradualmente me impregnaré de ti
hasta que sea humo en tu voz
luz en tus ojos
y haga sobre mis hombros tu futuro
Cuando llegue el otoño
te descubriré al rostro de los hombres
para que en tus vasos alimenticios
vengan a nutrirse de esperanza


ARIDJIS, Homero: "Llamaré", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, pp. 13-14 (Las dos orillas. Serie mayor)

Palabras como cuerpos II

SOY LO QUE ERES
miro por tus ojos
camino por tus pies
me levanto sin peso en ti
y me sumerjo en tus aguas
sólo conozco el sentido particular
que ha dado tu visión del univeso
Soy tu risa meridiana
tus brazos en el aire
tus dedos desgranando el tiempo
compuesto del alba a la noche
Soy tú sin cuerpo
presente en toda la tierra
tu historia es la misma que la mía
desde la infancia siento a través de tus esporas
con los ojos ausentes

ARIDJIS, Homero: "Soy lo que eres", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, 1987, p. 13 (Las dos orillas. Serie mayor).

Palabras como cuerpos I

CIRABEL

llego siempre a tu aposento
con una confusión de bocas
y una zozobra de hombre
a traerte la ofrenda cotidiana
de mis manos huecas
Más o menos
cuando la ceniza de la noche
se derrama sobre tus pupilas
como ante una ciudad inerme
Aunado tu grito de silencio
no me dices nada
y nos contemplamos
como si no existieran nuestros cuerpos

ARIDJIS, Homero: "Cirabel", en Obra poética (1960-1986), México, Joaquín Mortiz, 1987, p. 13.(Las dos orillas. Serie mayor).

jueves, 12 de junio de 2014

Un hinchado cuero que el mundo llama pelota

¡Que haya juicio
que del cansancio haga vicio, 
y tras un hinchado cuero,
que el mundo llama pelota, 
corra ansioso y afanado! 
¡Cuánto mejor es, sentado, 
buscar los pies a una sota
que moler piernas y brazos!  
Si el cuero fuera de vino, 
aun no fuera desatino 
sacarle el alma a porrazos.
Pero, ¡perder el aliento 
con una y otra mudanza, 
y alcanzar, cuando se alcanza, 
un cuero lleno de viento,
y cuando, una pierna rota,
brama un pobre jugador,
ver, al compás del dolor,
ir brincando la pelota!

RUIZ de Alarcón, Juan: "Las paredes oyen", en Cuatro comedias: Las paredes oyen. La verdad sospechosa. Los pechos privilegiados. Ganar amigos, 15a. ed., México, Porrúa, 1985, p. 25, (Sepan Cuantos; 10)

miércoles, 11 de junio de 2014

Uno acaba por acostumbrarse a todo

Pensé a menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco, si otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de María. después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desagradecidos que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.

CAMUS, Albert: El extranjero, España, Altaya, 1995, p. 75 (Biblioteca de los Premios Nobel; 4)

martes, 10 de junio de 2014

La ley del deseo VI

Cinco días después de deshacer sus maletas, cuyo contenido O le ayudó a guardar en los armarios, alrededor de las diez, cuando René las dejó en casa después de cenar con ellas y se fue -al igual que las otras dos veces-, Jacqueline apareció, desnuda y todavía húmeda del baño, en el umbral de la puerta de la habitación de O y le dijo:
-¿Estás segura que no vuelve?
Sin esperar su respuesta, se metió en la cama. Se dejó besar y acariciar con los ojos cerrados, sin responder ni con una sola caricia, gimiendo al principio levemente, después más fuerte y, al fin, gritando. Se quedó dormida a la luz de la lámpara rosa, atravesada en la cama con las rodillas separadas, el busto un poco ladeado y las manos abiertas. Se veía brillar el sudor entre sus pechos. O la tapó con la sábana y apagó la luz. Dos horas después, cuando la abrazó otra vez en la oscuridad, Jacqueline la dejó hacer, pero murmuró:
     -No me canses demasiado, que mañana tengo que madrugar.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, pp. 147-148 (La sonrisa vertical; 35).

Nombres

Porque no se llamaba Jacqueline. Jacqueline era su nombre profesional, un nombre para olvidar su verdadero nombre y, con su verdadero nombre de gineceo, sórdido y tierno, para insertarse en la vida francesa, en un mundo sólido en el que hay hombres que se casan y que no desaparecen en misteriosas expediciones, como el padre al que ella no llegó a conocer, un marino báltico que se perdió entre los hielos polares.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a., ed., México, Tusquest, 1993, pp. 143-144 (La sonrisa vertical; 35)

lunes, 9 de junio de 2014

La ley del deseo V

Por el contrario, el deseo que sentía de aquellos suaves labios pintados que cedían bajo los suyos, del brillo de esmalte o de nácar de los ojos que se entornan en la penumbra de los divanes, a las cinco de la tarde, con las cortinas corridas y la lámpara de la chimenea encendida, de las voces que dicen: "otra vez, por favor, otra vez...", del persistente aroma marino que le quedaba en los dedos, aquel deseo era real y profundo.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a., ed., México, Tusquest, 1993, p. 116 (La sonrisa vertical; 35)

La pasión no compartida

Antes era indiferente y veleidosa, le divertía tentar con una palabra o con un ademán a los hombres que estaban entregándose por capricho, una vez, una sola, para recompensarles y también para inflamar aún más y hacer aún más cruel una pasión que ella no compartía.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a., ed., México, Tusquest, 1993, p. 111 (La sonrisa vertical; 35)

Los que esperan



¿Quién se apiada de los que esperan? Se les reconoce fácilmente por su mansedumbre, por su mirada falsamente atenta -atenta, sí pero a otra cosa que aquélla a la que están mirando- por la ausencia. 

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, p. 110 (La sonrisa vertical; 35).

viernes, 6 de junio de 2014

Los sueños

Allí se sentía como en plena noche, en medio de un sueño que uno reconoce y que se repite: segura de que existe y segura de que ha de acabar y deseando que acabe porque temes no poder resistirlo y que continúe porque deseas conocer el final.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a., ed., México, Tusquest, 1993, p. 95 (La sonrisa vertical; 35)

Tentación

¿Quién hubiera podido resistir a su boca húmeda y entreabierta, a sus labios hinchados, a su garganta blanca sobre el cuello negro de su jubón y a sus ojos grandes, claros y francos?

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, p. 91 (La sonrisa vertical; 35)

El lenguaje de las rodillas

La rodilla de René rozaba la suya por debajo de la mesa y, cuando hablaba, ella sabía que hablaba para ella.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, p. 89 (La sonrisa vertical; 35)

La voz que ordena

La palabra "abre" y la expresión "abre las piernas" adquirían en la boca de su amante tanta turbación y fuerza que ella las oía siempre con una especie de prosternación interior, de rendida sumisión, como si hubiera hablado un dios.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, p. 77 (La sonrisa vertical; 35)

Cadenas de amor

Él empezó diciendo que no debía pensar que ya estaba libre. Salvo, naturalmente, si había dejado de amarle y le abandonaba de inmediato. Pero, si le amaba, no era libre de nada.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993. p. 76 (La sonrisa vertical; 35)

miércoles, 4 de junio de 2014

Imposible

¿Y cómo iba ella a olvidarlo? Él era la mano que le vendaba los ojos, el látigo de Pierre, la cadena de la cabecera de su cama, el desconocido que le mordía el vientre y todas las voces que le daban órdenes eran su voz.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, pp. 65-66 (La sonrisa vertical; 35)

Un largo mordisco

Porque cuando los labios del desconocido se apoyaron en la protuberancia carnosa de la que parte la corola interior, gimió, bruscamente inflamada y, cuando se apartaron, para dejar paso a la punta cálida de la lengua, se inflamó más todavía; gimió con más fuerza cuando volvió a sentir los labios; sintió que se endurecía la punta escondida, que entre los dientes y los labios un largo mordisco aspiraba y aspiraba, un largo y dulce mordisco bajo el cual ella jadeaba; perdió pie y se encontró tendida de espaldas, con la boca de René en su boca; él la sujetaba a la cama por los hombros mientras otras manos la tomaban por las pantorrillas y le levantaban las piernas.

RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, p. 53 (La sonrisa vertical; 35).


lunes, 2 de junio de 2014

Ya me has visto llorar.

No debiste aceptar ser un dios para mí, si los deberes de los dioses te dan miedo, y todo el mundo sabe que los dioses no son tan tiernos. Ya me has visto llorar.

PAULHAN, Jean: "La dicha de la esclavitud" (prólogo), en Pauline Réage: Historia de O, 5a. ed., España, Tusquest Editores, 1993, pp. 17-18. (La sonrisa vertical; 35)