Por el contrario, el deseo que sentía de aquellos suaves labios pintados que cedían bajo los suyos, del brillo de esmalte o de nácar de los ojos que se entornan en la penumbra de los divanes, a las cinco de la tarde, con las cortinas corridas y la lámpara de la chimenea encendida, de las voces que dicen: "otra vez, por favor, otra vez...", del persistente aroma marino que le quedaba en los dedos, aquel deseo era real y profundo.
RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a., ed., México, Tusquest, 1993, p. 116 (La sonrisa vertical; 35)
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