La palabra "abre" y la expresión "abre las piernas" adquirían en la boca de su amante tanta turbación y fuerza que ella las oía siempre con una especie de prosternación interior, de rendida sumisión, como si hubiera hablado un dios.
RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, p. 77 (La sonrisa vertical; 35)

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