Pensé a menudo entonces que si me hubiesen hecho vivir en el tronco de un árbol seco, si otra ocupación que la de mirar la flor del cielo sobre la cabeza, me habría acostumbrado poco a poco. Hubiese esperado el paso de los pájaros y el encuentro de las nubes como esperaba aquí las curiosas corbatas de mi abogado y como, en otro mundo, esperaba pacientemente el sábado para estrechar el cuerpo de María. después de todo, pensándolo bien, no estaba en un árbol seco. Había otros más desagradecidos que yo. Por otra parte, mamá tenía la idea, y la repetía a menudo, de que uno acaba por acostumbrarse a todo.
CAMUS, Albert: El extranjero, España, Altaya, 1995, p. 75 (Biblioteca de los Premios Nobel; 4)

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