Cinco días después de deshacer sus maletas, cuyo contenido O le ayudó a guardar en los armarios, alrededor de las diez, cuando René las dejó en casa después de cenar con ellas y se fue -al igual que las otras dos veces-, Jacqueline apareció, desnuda y todavía húmeda del baño, en el umbral de la puerta de la habitación de O y le dijo:
-¿Estás segura que no vuelve?
Sin esperar su respuesta, se metió en la cama. Se dejó besar y acariciar con los ojos cerrados, sin responder ni con una sola caricia, gimiendo al principio levemente, después más fuerte y, al fin, gritando. Se quedó dormida a la luz de la lámpara rosa, atravesada en la cama con las rodillas separadas, el busto un poco ladeado y las manos abiertas. Se veía brillar el sudor entre sus pechos. O la tapó con la sábana y apagó la luz. Dos horas después, cuando la abrazó otra vez en la oscuridad, Jacqueline la dejó hacer, pero murmuró:
-No me canses demasiado, que mañana tengo que madrugar.
RÉAGE, Pauline: Historia de O, 5a. ed., México, Tusquest, 1993, pp. 147-148 (La sonrisa vertical; 35).

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