A pesar de su extraordinaria popularidad en la República Imaginaria, nuestro personaje no era muy sociable que digamos. El trabajo de la semana lo dejaba tan cansado, que prefería quedarse en su cueva y disfrutar de sus cortísimas vacaciones. Allí, en su cueva, se ponía a leer. Eso era lo que más le gustaba. Leía todo lo que llegaba a sus garras: poemas de amor, novelas de aventuras, larguísimos tratados de matemáticas y biología, historias comparadas de los duendes y estudios muy complejos sobre las costumbres secretas de las hadas.
PADILLA, Ignacio: Los papeles del dragón típico, México, Grijalbo, 1993, p.13. (Botella al mar).

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